martes 4 de diciembre de 2007

Asturias, patria queridaaaaa


Entenderéis porque no os había contado nada de mi viaje a Asturias.
Comprenderéis el miedo, el pavor que siento con sólo escuchar el sonido de la gaita, o el aroma del pasto fresco.
Sabréis la razón de mis pesadillas nocturnas. Escuchad...
El mes pasado, siendo precisos el 11 de Noviembre del año 2007 de nuestro señor, nos disponíamos un puñado de amantes del folclore de nuestra región, a realizar un interesante viaje por bellas tierras asturianas con el fin de mostrar nuestro buen hacer a sus gentes. Felices partíamos a nuestro destino, sin intuir siquiera lo que a la postre sería el más terrible de los infiernos.
Aun tiemblan mis manos al escribir estas líneas y mi corazón se desboca al recordar.
Eran las 13:35 horas del segundo de los días de nuestra estadía cuando, harto de las insípidas viandas ofrecidas por nuestros anfitriones, me dispuse con varios de mis compañeros a aventurarnos en algún otro local, huyendo de la escasez y adentrándonos en terrenos desconocidos pero emocionantes. Deseábamos dar buena cuenta de la renombrada calidad gastronómica del norte peninsular y vaya si lo hicimos.
Entramos en un restaurante de apacible fisonomía llamado Don Mendo. Pronto vislumbré ciertas miradas de desconfianza y sorna por parte de los camareros y cocineros, quienes no dudaron en investigar descaradamente cuál era nuestra procedencia desde el primer momento.
-Canarios... Ahhhh! Dicen que coméis como los vascos, habláis como los andaluces y sois desconfiados como los catalanes.
-Y cagamos como los chinos- dijo alguien para quitarle hierro al asunto.
-Jajajajajajajajaja(risa diabólica) Pues ahora os vais a cagar.
Comenzaron, sin previo aviso, a traernos sidra, morcilla, queso, jamón, almejas, etc.
-Disculpe señor, pero nosotros no hemos pedido esto.
-¡Tú te callas y te sientas! Que ahora vienen los chuletones.
Comenzaron, cual siniestra procesión, a pasar por nuestra mesa un sinfín de bandejas repletas de comida. Cada vez que resoplábamos y levantábamos la cabeza de nuestro plato, pensando que estallábamos a cada bocado, un camarero apuntaba a nuestra frente con un rifle de francotirador, desde la barra. No nos dejaban siquiera acudir al servicio, no fuera que devolviéramos los alimentos en un descuido. Cuando trajeron el postre ya era demasiado tarde. Perdimos a nuestro querido amigo Nico, al que podéis ver en esta instantánea sufriendo el cruel martirio al que nos sometieron. Su rostro lo dice todo. Descanse pues en paz y sirva este breve relato como humilde reconocimiento a su labor y su gran corazón.
Una vez llegamos a Tenerife nos explicaron varios asturianos, huidos de la región, que ésta era una práctica muy habitual. Es tal el sobrante de productos típicos de Asturias, que someten a los turistas que por allí pasan a este tipo de atropelías con la mayor impunidad. Amparándose en un vacío legal, el cual permite a cualquier restaurante obligar a sus comensales a ingerir la cantidad de alimentos que ellos crean oportuno. Nunca supimos qué fue del cuerpo sin vida de nuestro amigo. Por eso os digo que si algún día vais por algún pueblo asturiano y, al pedir chuletón, os llega un ligero sabor como de sabandeño, no os lo comáis. Pedid la cuenta y salid por patas. ¡¡¡Un abrazo a todos!!!!